Ejercicio
(¡Que el sujeto no se desdibuje!)

La vieja Angelita era la vieja menos angelical del barrio. Tenía una aventura amorosa a pesar de tener décadas de casada. Ella sentía que cada vez tenía menos margen para el engaño porque hasta su hermana  y compañera de trabajo estaba por darse cuenta. Por ejemplo: los membrillos que compraba cada semana eran para regalárselos a su amante. ¿A quién sino? Era tan evidente…
Una vez Angelita se olvidó un paraguas en el consultorio. El dueño de éste era Don Oscar, la otra cara de la moneda de la sospecha. La señora entrada en años parecía secuestrada por la culpa pero sufriendo el Síndrome de Estocolmo. Ni la hermana Purificación supo qué aconsejarle  en el confesionario a la hora de salir el sol.
El rabino Samuel ABRAMOVICH siempre remarcaba que toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Igual eso a ella la tenía sin cuidado, porque le parecía “poco original”. Sin embargo, Angelita no daba lugar ni a un alfiler para la duda que se dejaba ver en el rumor. Pero la tendencia al chisme no lograba revertirse en todo el Sanatorio Mohamed, perteneciente a la colectividad.
De una vez por todas, la pantomima de la trampa afectiva se fue apagando y el nudo se desató del todo. Dicen que a veces las parejas se sostienen de a tres.   


Devolución: el eje de “La vieja Angelita” se corre varias veces. Por ejemplo, cuando el relato dice “El dueño… era Don Oscar” o “Ni la hermana Purificación…”. El desajuste más evidente se nota en “El rabino Samuel” ya que podría decir “a ella los dichos del rabino (Samuel) la tenían sin cuidado”.

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